Ben McKenzie, conocido por sus papeles en series icónicas como The O.C. y Gotham, se ha convertido en un ferviente crítico de las criptomonedas, abogando por una mayor conciencia sobre los riesgos que implican. En una reciente aparición en un foro del Senado, el actor explicó cómo su curiosidad inicial sobre las criptomonedas, provocada por un amigo y el auge de anuncios de celebridades, se transformó en una profunda investigación que lo llevó a calificar a la industria como un esquema Ponzi. McKenzie sostiene que la manera en que las criptomonedas se están comercializando, a menudo impulsadas por figuras famosas, engaña a las masas, lo que lo motivó a escribir sobre el tema y realizar un documental titulado «Everyone Is Lying to You for Money».
La naturaleza misma de las criptomonedas se presenta como una respuesta a la desconfianza generalizada en los sistemas financieros tradicionales, una narrativa que, según McKenzie, si bien es atractiva, no se sostiene en la realidad. En su opinión, aunque es cierto que el sistema financiero actual es injusto, las criptomonedas no ofrecen una solución viable; por el contrario, perpetúan desigualdades. Asegura que la estructura de estas monedas digitales está más centralizada de lo que sus promotores quieren admitir, y que la promesa de descentralización es una ilusión que beneficia principalmente a los insiders, aquellos que tienen el control sobre la emisión y gestión de las monedas.
McKenzie también ha enfatizado que, en el juego de las criptomonedas, los ganadores son pocos y los perdedores son la mayoría. Las firmas de capital de riesgo, que invierten y luego venden a personas comunes, se benefician enormemente, mientras que el público general termina sufriendo grandes pérdidas. Este sistema, como una ruleta, está diseñado para favorecer a unos pocos, lo que demuestra que las criptomonedas realmente aprovechan a los hombres —una observación que McKenzie hace al notar que los hombres son, en promedio, más propensos a realizar apuestas y menos propensos a hablar sobre sus fracasos financieros.
Más preocupante aún es el fenómeno de la creencia persistente en las criptomonedas a pesar de las pérdidas. McKenzie compara esta devoción con la reacción de los miembros de un culto que, tras ver fallar las profecías de su líder, no renuncian a su fe, sino que intensifican su compromiso. De acuerdo con su análisis, esta dinámica se observa en los inversores que, a pesar de perder sus ahorros, continúan confiando en que las criptomonedas son el camino hacia un futuro financiero mejor, lo que refleja no solo una falta de información, sino un profundo deseo de creer en algo que promete esperanza en un sistema tachado de injusto.
Finalmente, McKenzie se enfrenta a la crítica sobre la responsabilidad de las celebridades en la promoción de criptomonedas. Si bien admite que su papel como embajadores de estos productos a menudo les otorga un poder significativo y, por tanto, una cierta responsabilidad, sugiere que la verdadera cuestión radica en la regulación de la publicidad en torno a las criptomonedas. Al advertir que la naturaleza del mercado de criptomonedas es un juego de suma cero, McKenzie destaca la necesidad de proteger a los jóvenes de convertirse en víctimas de un sistema cuya operativa se asemeja más al «capitalismo de casino» que a una inversión sólida y segura.



















